Gumersindo Ruiz reflexiona en el Diario de Sevilla sobre las teorías económicas de Germán Bernácer y Keynes

En un artículo titulado Economía y felicidad, recientemente publicado en el Diario de Sevilla, Gumersindo Ruiz reflexiona sobre las teorías económicas de Germán Bernácer y establece un paralelo con la situación económica actual. El autor resalta que “Germán Bernácer es reconocido por su pensamiento económico avanzado, precursor de conceptos posteriormente popularizados por John Maynard Keynes. Bernácer identificó dos ideas clave que ayudan a comprender las dinámicas económicas modernas”:

1/ Falta de demanda y exceso de ahorro: Bernácer observó que una economía puede entrar en crisis cuando existe un exceso de ahorro que no se canaliza adecuadamente hacia el consumo y la inversión productiva. Esta visión sugiere que la acumulación de capital sin un destino productivo eficaz puede llevar a una falta de demanda agregada, provocando estancamiento o recesión.

2/ Desequilibrio por preferencia de activos financieros: La segunda gran aportación de Bernácer fue señalar que los desequilibrios económicos también pueden originarse por una excesiva preferencia por mantener activos financieros en lugar de invertir en producción. Esta preferencia por la financiación sobre la actividad productiva real distorsiona la economía y contribuye a crear ciclos de boom y busto.

Estos principios, aunque conceptualizados en el contexto de la economía de su tiempo, continúan siendo relevantes para entender los retos económicos contemporáneos, especialmente en lo que respecta a la gestión de las políticas macroeconómicas y la regulación financiera. La labor de Bernácer como primer director del Servicio de Estudios del Banco de España y su influencia teórica destacan su importancia en la historia del pensamiento económico, mostrando cómo sus ideas anticiparon importantes debates sobre el equilibrio entre ahorro, inversión y consumo en el marco de la economía global.

En su escrito el autor indica que “sin duda ahora hay un problema fundamental en el inmenso ahorro de las grandes compañías. En un trabajo reciente de Darmaouni y Mota para el NBER, sobre 200 compañías, veo que atesoran 1,53 millones de millones de dólares, que supone hasta el 25% del balance en algunas empresas. Esta liquidez no se emplea en inversión productiva y la mejora de la productividad, sino en comprar acciones propias lo que aumenta su valor de mercado; comprar compañías sin importar el precio, y mantener bajos los tipos, encareciendo también artificialmente el mercado de deuda pública y alentando el déficit. Este tipo de ahorro se solapa con endeudamiento para la misma finalidad especulativa. Los autores analizan el riesgo financiero y la formación de burbujas, pero estos datos y hechos son interpretables dentro de la preocupación de Bernácer-Keynes por una forma de inversión financiera que no lleva ni a la inversión productiva ni al consumo”.

Para terminar el autor cierra su análisis afianzando la idea de que “en el comercio mundial este desequilibrio lo introduce China, que produce mucho y consume poco, y tiene el 28% del ahorro mundial –casi igual que Estados Unidos y la UE juntos–; lo dedica a inversión, pero con una demanda interna baja sólo tiene salida en la exportación, cada vez más limitada por el inmenso tamaño de esa economía. La sobreproducción de coches eléctricos o paneles solares puede verse como algo positivo porque caen los precios, pero una economía deflacionista con exceso de oferta es la vía hacia una crisis de productividad, crecimiento y empleo. Entre empresas que no saben qué hacer con lo que ganan, y grandes países orientados a la producción y exportación y no al consumo interno, Bernácer y Keynes coincidirían que los desequilibrios difícilmente pueden compensarse por los estados. Ambos economistas tenían un percepción clara del funcionamiento de la economía real y financiera, y también, como a todos los grandes, les animaba un espíritu profundamente humanista. “El fin principal de la Economía –decía Bernácer– no es la riqueza de las naciones, que es un bien material y colectivo, sino la dicha, que es un bien moral e individual…pues ni aun en aquello que afecta a sus fines inmediatos, puede ser (la Economía) ajena a los principios éticos.”

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